A Héctor Cabello, after all.
Aún recuerdo la ocasión en que conocí a Héctor. Apareció en la puerta y yo, sin saberlo, estaba frente a la persona que años atrás había conocido a través de sus letras.
Fue durante la preparatoria cuando mi profesor de psicología, y excompañero de clase de Héctor, que nos daba una lista de recomendaciones literarias, colocó en último lugar de la lista –casi a punto del olvido- el libro que había escrito Héctor. Por dos razones no dudé en que sería una buena acción leerlo: en primera, era una recomendación de alguien que seguramente había leído más cosas que yo y no me defraudaría. Segundo, fue irresistible la curiosidad al ver aquel Mientras termina de maquillarse la muerte al lado de Madame Bovary, Crimen y Castigo o Elogio de la locura.
Más fue mi sorpresa al percatarme que aquel libro y yo ya habíamos coincidido unos meses atrás; casi al final del semestre anterior llegó a mis manos por mera casualidad: se nos fue dado como regalo al grupo que obtuvo el segundo lugar en un concurso de carros alegóricos por el aniversario de la preparatoria donde estudiaba. En aquella ocasión, al hojearlo, no tuve más reacción que un desencanto por tan pobre premio que además tendría que ser donado a la biblioteca de la institución. Ahí no pasó nada más. Pero ahora ese libro se me presentaba en forma de magia y encanto. Sin excesos, quedé entrampado en sus cuentos que releería a cada momento.
Aquellas letras y desenlaces inesperados me entusiasmaron tanto que me creí con el ánimo –y valor- de emprender un viaje mágico y misterioso por el estudio de la literatura y me inscribí en la carrera de letras. Ahí tuve más sorpresas y encuentros. Por ejemplo, supe que mi profesor de español era la persona a quien estaba dedicado el cuento principal del libro; confirmé que Héctor era fanático de los Beatles –además de Freud- al escucharlo en una entrevista por la radio en un aniversario luctuoso de Lennon. También supe que llevaba buena relación con algunos profesores y estudiantes de la carrera, pero nunca habíamos coincidido él y yo, hasta esa noche en la presentación de un libro.
Héctor, según personas que lo conocieron, nunca llegaba a tiempo a sus citas y aquella no fue la excepción. Él era parte de la terna que presentaba un libro esa noche pero llegó tarde, se quedó en la puerta del auditorio y al recibir la invitación de uno de los presentadores sólo respondió con un ademán de negación y volvió a guardar la mano en el bolsillo de su chamarra. Siguió recargado en el marco de la puerta.
Mi mente tardó en reaccionar y cuando me di cuenta de quien se trataba salí corriendo del lugar, me dirigí a mi casa, tomé el libro y regresé pensando en la posibilidad de que Héctor lo firmara. Así fue. A mi regreso lo encontré sentado en las gradas del lugar: me presenté con mi nombre como cualquier desconocido y le conté la breve historia de cómo llegó su libro a mis manos. Sin mucho entusiasmo contestó refiriéndose a mi profesor de psicología "Ah, sí. Somos amigos". Lo ayudé a ponerse en pie pues su salud estaba empeorando y los efectos del alcohol hacen lentos los reflejos.
Firmó mi libro con fecha de noviembre del 99 y me despedí cuando lo acecharon amigos y conocidos. La presentación había finalizado.
Para mí aquel círculo quedó cerrado. Para él se cerraría un mes después, el último, el definitivo, cuando la muerte terminó de maquillarse.
Firma:
Para Hugo Alejandro, que me disculpe el pecado de trastocar su formación académica. Héctor (psique).
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