miércoles, 1 de abril de 2009

De Bangkok a Veracruz

Este recorrido lo he hecho desde mi niñez. El viaje no es largo pero así lo hacía parecer todos los preparativos. Primero subíamos a la Ford sesentaiocho las cosas que en esta casa ya no se utilizaban y que sí tendrían uso en la otra: sábanas, cobijas, mesas, sillas, cazuelas, etc. Luego iban nuestras maletas. Finalmente llevábamos lo mejor del viaje: comida. Gorditas de harina con huevo, refresco, tacos de picadillo, y de postre empanadas o pan de azúcar. Siempre viajábamos mis padres, mis hermanos y yo; cuatro, cinco o seis personas: tres en la cabina y el resto en la parte de atrás, que era el lugar más divertido para el viaje. Ahí se permitía cantar y contar chistes, y se veían las montañas y los árboles del desierto mientras el viento enmarañaba el cabello. También te podías reír de los gestos de las personas que viajaban en la carretera. Eran casi tres horas de travesía y al llegar volvíamos a comer para quitar la fatiga del viaje.
Ahora esos viajes me toman una hora a lo más. Sólo basta subir mi maleta e ir manejando con un café al lado y la música que en ese momento me complazca. Las montañas no han cambiado. Viajo solo observando al sol. Con sólo cien kilómetros de distancia entre Monterrey y Saltillo, Bangkok se queda atrás por unos días, ahí la luna sale al final de la calle. Veracruz me espera cada fin de semana, ahí el sol se oculta frente a mi ventana... justo donde ahora lo veo.

lunes, 23 de marzo de 2009

Rodeando el ambiente.

A punto de llegar abril, dejo esto que fue escrito hace casi 6 meses.

Hoy amanecí con octubre en las manos. En los ojos. En la memoria. Entró por la ventana mientras yo, peleando con la maraña de los sueños, dormía. Mis sentidos fueron dándose cuenta de que ya estaba aquí. Amaneció y mis manos fueron las primeras en tocarlo, era fresco y su aire no deja hacer más que recordar que lo había extrañado durante once meses. Cuando abrí los ojos lo reconocí. Siempre es impresionante. Mi olfato, como es de esperarse, no participó en la degustación.
Atendiendo a la facilidad que tiene cualquiera para tener preferencias digo, más con novedad que con melancolía, aunque esta última no caería nada mal, que octubre es uno de mis dos meses favoritos. El otro concurre a nuestra cita justamente con 6 meses de diferencia: abril.
Ahora me dan ganas de caminar, respirar, observar. Estar. Vivir. No siempre uno puede sentir esas ganas de hacer cosas, que lejos de ser simples, son esenciales.

No lo llamé, sólo desperté con él rodeando el ambiente.

martes, 17 de marzo de 2009

De urgencias, disimulos y rutinas.

Dice: De urgencias, disimulos y rutinas.
Decía: Espasmos Vertiginosos.

Ofrezco una disculpa a mis tres lectores (por decir lo más), pero este blog, a pesar de contar con cuatro días de existencia, cambia de nombre. Se hace por tres razones. Primera, este nuevo título amplía las posibilidades de tocar diversos temas (unos, por desgracia, más serios que otros). Segunda, el actual, era el nombre que llevaría por título la participación mía en cierta revista de cuyo nombre ahora no me quiero acordar. Y, tercera, por el puritito gusto de usar como título, al igual que algunos escritores, una frase de una rola de Sabina, descúbranla y disfrútenla.

Esta es una sin-razón.
La ocurrencia de cambiar el nombre se atribuye de igual forma a un Espasmo Vertiginoso, de esos que, casi cotidianamente, soy víctima cuando el sueño está a punto de hacerme entrar en su túnel.

viernes, 13 de marzo de 2009

¡Quieta ahí! ¿Tus labios o la vida?

Al dar vuelta a la hoja el libro se convirtió en el último salto al vacío. No estaba segura de saltar, era la mejor oportunidad para arrepentirse: no lo hizo. Respiró profundo tres veces y se arrojó al aire. Sus brazos se extendían como las alas de una mariposa y sus ojos recorrían cada letra impresa. Fue viajando por el aire, párrafo a párrafo hasta llegar al final y estrellarse con la última línea escrita, tan dura como la roca: ¡quieta ahí! ¿Tus labios o la vida?
Su mente tardó en reconocer que se trataba del final de cuatro horas de lectura. Echó la cabeza para atrás y con la vista perdida comenzó a balancearse. Volvió a leer en su memoria la última línea. Le parecía tan súbito el final que buscó nuevas páginas. No encontró nada. Aquí no puede terminar la historia, se repetía así misma. Así que fue corriendo al librero de su hijo y encontró su salvación. El tomo dos estaba al lado del tres.

(El título corresponde a una frase de "Ya ves" de Ismael Serrano.)

Y la muerte terminó de maquillarse

A Héctor Cabello, after all.

Aún recuerdo la ocasión en que conocí a Héctor. Apareció en la puerta y yo, sin saberlo, estaba frente a la persona que años atrás había conocido a través de sus letras.
Fue durante la preparatoria cuando mi profesor de psicología, y excompañero de clase de Héctor, que nos daba una lista de recomendaciones literarias, colocó en último lugar de la lista –casi a punto del olvido- el libro que había escrito Héctor. Por dos razones no dudé en que sería una buena acción leerlo: en primera, era una recomendación de alguien que seguramente había leído más cosas que yo y no me defraudaría. Segundo, fue irresistible la curiosidad al ver aquel Mientras termina de maquillarse la muerte al lado de Madame Bovary, Crimen y Castigo o Elogio de la locura.
Más fue mi sorpresa al percatarme que aquel libro y yo ya habíamos coincidido unos meses atrás; casi al final del semestre anterior llegó a mis manos por mera casualidad: se nos fue dado como regalo al grupo que obtuvo el segundo lugar en un concurso de carros alegóricos por el aniversario de la preparatoria donde estudiaba. En aquella ocasión, al hojearlo, no tuve más reacción que un desencanto por tan pobre premio que además tendría que ser donado a la biblioteca de la institución. Ahí no pasó nada más. Pero ahora ese libro se me presentaba en forma de magia y encanto. Sin excesos, quedé entrampado en sus cuentos que releería a cada momento.
Aquellas letras y desenlaces inesperados me entusiasmaron tanto que me creí con el ánimo –y valor- de emprender un viaje mágico y misterioso por el estudio de la literatura y me inscribí en la carrera de letras. Ahí tuve más sorpresas y encuentros. Por ejemplo, supe que mi profesor de español era la persona a quien estaba dedicado el cuento principal del libro; confirmé que Héctor era fanático de los Beatles –además de Freud- al escucharlo en una entrevista por la radio en un aniversario luctuoso de Lennon. También supe que llevaba buena relación con algunos profesores y estudiantes de la carrera, pero nunca habíamos coincidido él y yo, hasta esa noche en la presentación de un libro.
Héctor, según personas que lo conocieron, nunca llegaba a tiempo a sus citas y aquella no fue la excepción. Él era parte de la terna que presentaba un libro esa noche pero llegó tarde, se quedó en la puerta del auditorio y al recibir la invitación de uno de los presentadores sólo respondió con un ademán de negación y volvió a guardar la mano en el bolsillo de su chamarra. Siguió recargado en el marco de la puerta.
Mi mente tardó en reaccionar y cuando me di cuenta de quien se trataba salí corriendo del lugar, me dirigí a mi casa, tomé el libro y regresé pensando en la posibilidad de que Héctor lo firmara. Así fue. A mi regreso lo encontré sentado en las gradas del lugar: me presenté con mi nombre como cualquier desconocido y le conté la breve historia de cómo llegó su libro a mis manos. Sin mucho entusiasmo contestó refiriéndose a mi profesor de psicología "Ah, sí. Somos amigos". Lo ayudé a ponerse en pie pues su salud estaba empeorando y los efectos del alcohol hacen lentos los reflejos.
Firmó mi libro con fecha de noviembre del 99 y me despedí cuando lo acecharon amigos y conocidos. La presentación había finalizado.
Para mí aquel círculo quedó cerrado. Para él se cerraría un mes después, el último, el definitivo, cuando la muerte terminó de maquillarse.

Firma:
Para Hugo Alejandro, que me disculpe el pecado de trastocar su formación académica. Héctor (psique).