miércoles, 1 de abril de 2009

De Bangkok a Veracruz

Este recorrido lo he hecho desde mi niñez. El viaje no es largo pero así lo hacía parecer todos los preparativos. Primero subíamos a la Ford sesentaiocho las cosas que en esta casa ya no se utilizaban y que sí tendrían uso en la otra: sábanas, cobijas, mesas, sillas, cazuelas, etc. Luego iban nuestras maletas. Finalmente llevábamos lo mejor del viaje: comida. Gorditas de harina con huevo, refresco, tacos de picadillo, y de postre empanadas o pan de azúcar. Siempre viajábamos mis padres, mis hermanos y yo; cuatro, cinco o seis personas: tres en la cabina y el resto en la parte de atrás, que era el lugar más divertido para el viaje. Ahí se permitía cantar y contar chistes, y se veían las montañas y los árboles del desierto mientras el viento enmarañaba el cabello. También te podías reír de los gestos de las personas que viajaban en la carretera. Eran casi tres horas de travesía y al llegar volvíamos a comer para quitar la fatiga del viaje.
Ahora esos viajes me toman una hora a lo más. Sólo basta subir mi maleta e ir manejando con un café al lado y la música que en ese momento me complazca. Las montañas no han cambiado. Viajo solo observando al sol. Con sólo cien kilómetros de distancia entre Monterrey y Saltillo, Bangkok se queda atrás por unos días, ahí la luna sale al final de la calle. Veracruz me espera cada fin de semana, ahí el sol se oculta frente a mi ventana... justo donde ahora lo veo.